jueves, 25 de febrero de 2016

Otro Libro sobre Teorías de la Personalidad que Ignora a A.W. Staats

Y resulta que la nueva edición del libro TEORIAS DE LA PERSONALIDAD, de Feist y Feist, incorpora a una nueva autora adjunta: Roberts; y presenta como gran innovación "un nuevo capítulo que aborda la vida de David Buss y su teoría de la personalidad". Con todo el respeto para Buss, que es un destacado investigador en el campo evolutivo y social --y además ha escrito un libro sobre personalidad en coautoría--; hay que preguntar si realmente tiene una "teoría" o propone algo diferente que merezca estar en la baraja de los "antemurales" de la personalidad, por encima, p. ej. de A.W. Staats, quien una vez más no ha sido considerado en esta obra a pesar de su peso como único enfoque elaborado explícitamente sobre dicho tema en el ámbito conductual. ¿En qué consiste la "teoría" de Buss? Básicamente es el registro de la "frecuencia" con que un individuo se comporta para determinar un rasgo, o sea, computar qué conductas son típicas de cada una de las disposiciones personales. P. ej., si alguien se sonríe. saluda o tiene contacto visual constante, eso implica un rasgo de "agradabilidad" y viceversa. Eso es de sentido común para cualquier conductista, y es, justamente, el fundamento atomista-sintetizador del cual partieron hace muchos años las teorías conductuales de Eysenck y de Staats, sin exceptuar las nociones del mismo Watson sobre el punto.
La teoría de la personalidad de Staats precisa que éste constructo está compuesto de tres tipos de repertorios: lingüístico-cognitivo, emotivo-motivacional y sensorial-motor, cubriendo así todo los aspecto de la conducta humana.

lunes, 23 de noviembre de 2015

viernes, 20 de noviembre de 2015

La Estructura de la Pareja: Implicaciones Para la Terapia Cognitivo conductual

Por José A. García Higuera 

RESUMEN
La terapia de pareja cognitivo conductual ha mostrado su eficacia de manera empírica (Chambless et al., 1998). Sin embargo, existen limitaciones (Christensen y Heavey 1999) que indican la necesidad de su potenciación. Este artículo repasa la situación de la terapia de pareja, con las aportaciones actuales, enmarcando todo ello en una visión estructural de la pareja, como ente social y relación diádica, que permita una compresión de los avances que se están dando, y aporte indicaciones sobre los caminos que seguirá en un futuro inmediato. (VER ARTÍCULO COMPLETO)

domingo, 1 de noviembre de 2015

Teoría Conductista Social de Mead y su Relación con la Investigación Cualitativa

Existe un mundo tal como es y un mundo que es producto de nuestra interacción con el mundo tal como es. Esa interacción, a su vez, se sujeta a normas de la comunidad social. En este sentido, la conducta de todos los que participamos en los grupos sociales está sujeta a un control ambiental, puesto que ha sido y es construida al amparo de contingencias guiadas por reglas comunales de comunicación: un medio que, como señala Shibutani (1961/1971), está constituido por todo género de significados y redes de ellos. Significados generalizados de objetos físicos, de personas, de colores, de reacciones emotivas, de imágenes, de diversos tipos de actividad; que varían en función a las circunstancias, Todo mediado por el lenguaje que usamos para representar la realidad.
Podría reconocerse la postura de Wittgenstein (1988) en esta apreciación, acerca del lenguaje como “forma de vida”: un conjunto de sentidos convencionales que componen el mundo mental de las personas. No es un fenómeno que recubra una esencia, no es el vehículo que expresa lo psicológico; es el contenido de lo psicológico y, por lo tanto, ámbito y contexto funcional del comportamiento humano (Ribes, 1999). En rigor, la experiencia “mental” que un sujeto adquiere en este referido ámbito no puede ser llamada “privada”, porque los significados de las palabras que la describen se aprenden de manera pública, en un ambiente compartido, de tipo socioconvencional.
No es difícil descubrir continuidades entre lo que se ha dicho en los párrafos anteriores y la doctrina “conductista social” de G. H. Mead (1934/1999), para quien la mediación del lenguaje es la que posibilita la aparición de “la persona y el espíritu”: la “consciencia de ser”, y ser un objeto para sí mismo. La persona, pues,  y el quehacer subjetivo del individuo, surgen en el proceso de la experiencia y actividades sociales, mediante el lenguaje. Este conductismo social, rebautizado luego de la muerte de Mead por Herbert Blumer (1937/1982) como “interaccionismo simbólico” en el ámbito sociológico y de la teoría de la comunicación, ha sido y es uno de los grandes referentes en el cosmos de la investigación cualitativa, que pretende recoger ese rico filón de datos que la subjetividad socialmente construida opone a la realidad, o mejor, indagar cómo interactúa con ella para construir una nueva realidad de “contingencias virtuales” alejadas del mundo físico. La expresión de Schwartz y Jacobs (1979/2012): “lo que sucede aquí es Io que los actores dicen que sucede” (p. 24) es el grito de batalla de quienes pretenden representar a los interaccionistas simbólicos en términos de tratar de conocer un mundo social referido por los que están dentro de él. “Queremos saber lo que saben los actores, ver lo que ellos ven, comprender lo que ellos comprenden. Como resultado, nuestros datos intentan describir su vocabulario, sus formas de ver, su sentido de lo que es importante y de lo que no lo es…” (ibid., pp. 24-25). Aunque el autor de esta monografía no comparte la afirmación de los mismos Schwartz y Jacobs, acerca de que en estos menesteres cualitativos “la ciencia es sustituida por el acceso a los sentidos o comprensión” —porque, al contrario, considera que la ciencia sí viabiliza dichas pesquisas gracias al marco teórico que le brinda el conductismo social—; sí reconoce el esfuerzo por llegar a explorar escrupulosa y multivariadamente aquello que está latente en los significados convencionales de los actores: su percepción e interpretación de la realidad, y la forma en que aquellas se relacionan con su comportamiento a través de su interpretación actual de las interacciones sociales en que todos participan. Una red de sentidos que conforma, como se ha dicho en anteriores párrafos y lo enfatiza Ribes (1990), las contingencias virtuales del contexto funcional en que transcurre el comportamiento humano.
  
1.  Características del interaccionismo simbólico

El interaccionismo simbólico podría ser caracterizado a la vez como un marco conceptual y metodológico en las ciencias sociales. Su impulso teórico principal procede de los escritos de George Herbert Mead (1934/1999) y Herbert Blumer (1937/1982), con fuertes influencias del pragmatismo y del conductismo, por lo cual es necesario entender primero cuáles son  aquellas.
En el caso del pragmatismo, la idea básica es que lo que se considera “real” en el mundo es creado activamente por los individuos en la medida que actúan en y hacia el mundo. Esto significa que la realidad humana es artificialmente construida a través de las acciones que las personas ejercen recíprocamente unas sobre otras, así como con su entorno históricamente configurado. En este contexto, el “conocimiento” del mundo surge en el transcurso de dichas interacciones respecto a lo que ha probado ser de utilidad; por lo cual la gente suele referenciar los objetos físicos y sociales en relación con el uso que les da.
De aquí se desprende una importante consecuencia para el interaccionismo simbólico: sí se quiere entender la realidad social, forzosamente hay que entender a los actores sociales y lo que ellos dicen y hacen en su mundo social. Por lo tanto, la atención se centra en la interacción entre la comunidad o mundo social y el actor social en términos dinámicos e interpretativos.
Respecto al conductismo, Mead trató de diferenciar su conductismo social del conductismo radical de John B. Watson dándole un status especial al autoconcepto (yo) socialmente aprendido. En el esquema de Mead, las interpretaciones que hacen los individuos de los estímulos son las que presiden y moldean su accionar, por lo tanto la conducta del ser humano, a diferencia de otros organismos, se desarrolla en un medio creado por él mismo, y no puede ser concebida en términos de reacción a fuerzas externas o internas más allá de su control. No obstante, Mead acepta —en cierto modo paradójicamente— que la conducta organizada del grupo social es un sistema envolvente dentro del cual surgen la individualidad y la consciencia de sí mismo. La mente no es una cosa, sino un proceso continuo virtualmente relacionado a la socialización, los significados, los símbolos, el yo y la sociedad.
De acuerdo con lo anterior, para el interaccionismo simbólico el significado de una conducta se forma en el escenario de interacción social: un sistema de estímulos intersubjetivos compuesto de símbolos de cuyo significado participan los actores. La interacción social es el ambiente primario donde se crea la autoconsciencia y la capacidad de reflexionar. Es mediante la respuesta de los demás ante la conducta del actor como es concebida o confrontada por los otros, que éste tiene una oportunidad de descubrirse a sí mismo como objeto y sujeto a la vez. Un "mí" que se contempla a sí mismo y es contemplado por otros, y un "yo" que observa y actúa. La realidad es, así, un mundo de significados en el cual "debemos ser los otros si queremos ser nosotros mismos", de modo que las cualidades de los individuos no se estudien como tales, sino en función a su relación con los otros. La unidad de análisis es, en consecuencia, dos o más  individuos en interacción, en términos de las experiencias comunicables que ellos pueden transmitir.
Resumiendo lo dicho, los supuestos esenciales del interaccionismo simbólico podrían ser los siguientes:
1)  La sociedad es un sistema de significados compartidos a través de un lenguaje, una actividad interpersonal en la cual las expectativas guían la conducta de los individuos hacia esquemas previsibles.
2)  Tanto las realidades sociales como las físicas son construcciones que responden a la conveniencia de los actores que las construyen e internalizan.
3)  Las creencias subjetivas que las personas tienen de otras y de sí mismas son los hechos más importantes de la vida social.
4)  La conducta individual es producto de las interpretaciones que se hacen sobre los acontecimientos, sus exigencias sociales, sobre uno mismo y los demás.

            2.  Interaccionismo simbólico e investigación cualitativa

Los lineamientos estipulados en el anterior parágrafo dan a entender que, desde el punto de vista interactivo simbólico, el investigador del comportamiento humano debe tratar de entender cómo la gente categoriza su contexto social, cómo piensa y qué criterios tiene para tomar sus decisiones y actuar de una u otra manera. Por eso, desde esta perspectiva el ideal de investigación no es a nivel “macro” (clase, estamento social o perfil actitudinal), sino a nivel “micro” o básico: el individuo y su simbolismo, el proceso de definición a través del cual el actor le da forma a su acto. Esto significa poner al sujeto en el centro del escenario.
El método preferido para llegar a explorar provechosamente dicho objeto de estudio resulta de poner atención a la forma en que ciertas interacciones particulares dan lugar a entendimientos simbólicos, enfatizando que su examen  parte de las perspectivas particulares propias de los miembros de la sociedad. La clave es estudiar la vida social tal como sucede, entender cómo la gente percibe, entiende e interpreta el mundo sin forzar el entendimiento de la realidad a través de modelos teóricos predeterminados. Eso solo se puede llevar a cabo mediante procedimientos de investigación cualitativa, a través de un estrecho contacto e interacción directa con la gente, involucrando la participación del investigador como un miembro iniciado en el mundo de los investigados; para, con el lenguaje de ellos y desde su perspectiva como actores del escenario natural en que viven, poder generar un cuadro acerca de lo que acontece. La utilización de las ciencias naturales como modelo para las ciencias sociales está descartada. En palabras de Blumer (1937/1982): “La naturaleza deI medio ambiente viene dada por el significado que para esas personas encierran los objetos que lo componen [y] para entender los actos de las personas es necesario conocer los objetos que componen su mundo” (p. 9)[1].
Los elementos más molares de la estructura social, tales como la sociedad, la cultura, la estructura social, y otras; deben ser derivadas a partir del estudio de  la relación entre dos actores sociales, dos individuos frecuentemente en una relación cara a cara que usan la comunicación simbólica para producirla y a través de ello crear entendimiento mutuo, creando y anticipando acciones propias y ajenas. En realidad, la cultura es moldeada por las acciones de los actores en la vida cotidiana: sus modelos de comportamiento, normas y valores. Estas acciones deben ser comprendidas detalladamente sin la mediación de hipótesis previas que antecedan al trabajo investigativo, sin manipular los hechos mismos bajo observación, lo que ha dado lugar al surgimiento de la "teoría fundamentada" (Strauss y Corbin (19902002) en la investigación cualitativa.


[1] Para la concepción interaccionista simbólica las personas no viven en un mundo de cosas sino en un mundo de objetos. Un objeto no es sólo una cosa física hacia la cual se actúa, sino que es también el objeto de la acción en el sentido que la persona piensa, actúa en relación a él y lo señala con un símbolo socialmente creado, siendo en parte una meta para su accionar. Y, en la medida que la actuación de un individuo frente a un objeto cambia, se modifica también el significado del objeto para él.

REFERENCIAS

Blumer, H. (1937/1982). El interaccionismo simbólico: Perspectiva y método. Barcelona: Hora.
Mead, G. H. (1934/1999). Espíritu, persona y sociedad. Desde el punto de vista del conductismo social. Buenos Aires: Paidós.
Ribes, E. (1990). Las conductas lingüística y simbólica como procesos sustitutivos de contingencias. En E. Ribes y P. Harzem (Eds.). Lenguaje y conducta. México: Trillas.
Ribes, E. (1999). Teoría del condicionamiento y lenguaje: un análisis histórico y conceptual. Madrid: Taurus.
Shibutani, T. (1961/1971). Sociedad y personalidad. Buenos Aires: Paidós.
Schwartz, H, y Jacobs, J. (1979/2012). Sociología cualitativa. México: Trillas.
Strauss, A., & Corbin, J. (1990/2002). Bases de la Investigación Cualitativa. Antioquia: Universidad de Antioquia.
Wittgenstein, L.v. (1988). Investigaciones filosóficas. Barcelona: Crítica.