lunes, 2 de septiembre de 2019

¿LOS CONDUCTISTAS “DEBERÍAN SER” DE “IZQUIERDA”?



Hace poco ví un post de un amigo de FB sorprendiéndose de que el desaparecido J. G. Holland, un colaborador cercano de Skinner y distinguido ecologista, fuera “comunista”. Lo cierto es que no es el único. De hecho, al menos en mi experiencia, he visto más psicólogos de orientación conductual que muestran puntos de vista ideopolíticos cercanos a la izquierda moderada, y algunos a la radical, que conductistas libertarios o de derecha. Si vamos a los grandes referentes, sin ir muy lejos, basta leer pasajes enteros de algunos libros de Ribes y algunos de sus colaboradores para captar su tendencia. El Dr. Marino Pérez también la exhibe indirectamente con sus críticas hacia lo que llama “neoliberalismo” (1), y así, podríamos señalar a diez referentes más de importancia…
Yo mismo, que soy conductista declarado desde los veintitantos años, fui militante de dos partidos de izquierda y marxista convencido, tanto es así que a fines de los 80s del siglo pasado escribí dos artículos para una revista estudiantil defendiendo el “marxoconductismo”, y otros tantos de coyuntura en periódicos afines a mi postura, en algún momento pro-trotskista. Años después, la experiencia y más lectura de la que tenía entonces, me hicieron dar un giro de 180° y ahora soy libertario (que no es ser “de derecha”, como les consta a quienes saben de esto [2]).
 Considero lógico que un conductista opte por creer inicialmente que ser de izquierda es compatible con su militancia académica, por tres razones, una afectiva, otra personal y otra académicamente doctrinaria:
 ·                  ⇛ A nivel afectivo, como todo ex-estudiante y aspirante a trabajador intelectual, tiene, por un lado, ideales utópicos acerca de la mejora social propios de su etapa juvenil y del modelamiento a que se le somete en la universidad (tradicionalmente dominada de manera casi totalitaria por ideas de izquierda); y por otro, siendo su profesión una que definitivamente está en el “escalafón comercial” por debajo de las recompensas que la sociedad reserva a otras profesiones, incluso oficios, que requieren menos estudio y esfuerzo para conseguir consecuencias benéficas, siente que “el sistema consumista” no valora el trabajo que desempeña (Robert Nozick y Bertrand De Jouvenel han explicado bien este proceso de frustración que lleva al intelectual promedio a rechazar el capitalismo), y, vulnerable a otras ofertas, presta oídos a las vagas promesas mesiánicas de un “socialismo justo y equitativo” que “viene a rectificar el rumbo de la historia”, y a combatir tamaña injusticia con el lema de que “otro mundo es posible”.
 ·                  ⇛ A nivel personal, aquel que no ha profundizado en la teoría e historia políticas, ni tampoco en economía, tiende a simplificar los indicios superficiales que percibe de ellas. En este sentido, mezcla sus pareceres personales con lo que cree que supuestamente sostienen corrientes que, en realidad, no entiende. Así, lecturas parcializadas y mucho más “a mano” sobre estos campos (como las marxistas) le dan seguridad, porque refuerzan su inclinación a simplificar con ese sentido común que ha aprendido en una sociedad que deifica la bondad y la igualdad en abstracto, lo que sus contradictores argumentan con cierta complejidad. Desgraciadamente, esas lecturas parcializadas no las complementa el iniciado con fuentes originales que digan lo contrario a ellas (por ejemplo las de ideólogos liberales ni menos las de textos técnicos), lo que balancea la opinión del diletante a un solo lado: el “socialista”. Es más, como él, en caso de revisarlas, opera con un criterio ya formado, difícilmente va más allá de sacar de allí una que otra cita o dato fuera de contexto que le confirme sus prevenciones, terminando por reforzar más bien lo que ya pensaba con base en sus lecturas simplificadoras anteriores. Se trata del conocido efecto de “sesgo cognitivo” que han estudiado, entre otros, Kahneman y Tversky.
 ·                   ⇛A nivel académicamente doctrinario, el determinismo, el empirismo y la búsqueda de control individual y comunitario de que hace gala el movimiento conductual en sus postulados parece, a primera vista, ser compatible con ideas de corte socialista. Por ejemplo, los marxistas subrayan la primacía de las relaciones sociales sobre la esencia humana (determinismo), y la práctica como criterio de verdad (empirismo). La búsqueda de control individual y comunitario parece coincidir con el intento socialista de implantar un desarrollo socioeconómico planificado, y así hay otras aparentes coincidencias consideradas “científicas”. En cambio, también desde una perspectiva superficial, los alegatos a favor de la “libertad” y la acción humana como inherentes al derecho de la persona que hacen los ideólogos liberales, parecen contrariar al conductismo. Es más, algunos de ellos, como Von Mises y Rand, han criticado abiertamente a Skinner justo por creer que éste va contra la libertad (3).
¿Qué decir respecto de todo esto? 
En primer lugar, más allá de la jerga técnica que se usa en cada disciplina (la mayoría de filósofos e ideólogos liberales tienen un manejo brillante de conceptos y principios económicos, pero no saben nada de psicología científica), hay que interpretar el sentido de lo que sostienen una u otra. El liberalismo y el conductismo son, cada cual en su plano, FILOSOFÍAS ESPECIALES de sus respectivas disciplinas, y cuentan con caudales metodológicos y tecnológicos para conseguir información y aplicarla a sus campos de estudio a través del empleo de LEYES. El liberalismo en economía busca, en realidad, lo mismo que el conductismo en psicología: disponer contingencias eficientes y perfectibles para que los individuos se sientan mejor, rindan mejor y se relacionen mejor con sus semejantes (4). 
El mismo concepto de “libertad” que utiliza Skinner es el de los liberales: la “libertad negativa” (formulada por el ideólogo liberal Isaiah Berlin), o sea la ausencia de restricción inmediata sobre el comportamiento, identificada, además, con una sociedad guiada por reforzamiento positivo. Es decir, algo totalmente opuesto a la ambición socialista de reglamentar y dominar todos los aspectos de la vida humana por medio de la obligación (que hace que haya tan alta tasa de escape en los países donde se ha implantado ese control aversivo). Una derivación de semejante estado de cosas en un ordenamiento liberal es la aparición de una MERITOCRACIA capaz de brindar servicios cada vez mejores a la sociedad, a cambio de recibir las recompensas que la naturaleza humana requiere: mayor reconocimiento, mayor retribución económica y/o mayor ascenso social o laboral al miembro de la comunidad que más aporte. En el socialismo, la única “meritocracia” suele ser la del más fiel seguidor del partido único para subir en el escalafón de privilegios.
Hay una cercanía filosóficamente pragmática entre liberalismo y conductismo, puesto que ambos apelan a la perfectibilidad de sus respectivas propuestas anclándose en la experimentación constante (otra forma de sustentar que “la práctica es el criterio de verdad”), para aplicar sus ordenamientos de contingencias. Esto se opone al tan manido expediente de fijar formas rígidas de funcionamiento social solo porque a algunos “iluminados” enquistados en el Estado les parece necesario.
 Para concluir, me parece que un conductista no debería ser de “izquierda” ni de derecha”, porque ninguna de las dos opciones es congruente con una postura moral ni científica. Creo que sí lo es el libertarismo bien entendido como opción vital, pero no me atrevería a recomendar a ningún conductista que se haga ideopolíticamente liberal, sino que se informe adecuadamente de esos temas sin apasionamiento dogmático. Tengo dos lemas: Vos vestros servate, meos mihi linquite mores (“sigue tu camino, que yo seguiré el mío”) y experientia est optima rerum magistra (“la experiencia es la mejor de las maestras”).

NOTAS
 (1)     Con el mote de “neoliberalismo” se acostumbra llamar a una forma de keinesianismo mercantilista muy distinto del liberalismo clásico (aunque es el que predomina en el mundo actual); vale decir, un sistema de mercado con fuerte direccionismo y planificación estatal, y, por lo tanto, dispensador de prebendas clientelistas a los empresarios privados que cumplen con ciertas condiciones de beneficio para el Poder de turno. Así, se parece más a un ordenamiento socialdemócrata que a uno capitalista.
 (2)     Hay importantes diferencias dentro del liberalismo: libertarios, minarquistas y anarco-capitalistas, pero en ningún caso son equivalentes a “conservadurismo”, aunque en términos de defensa política de ciertas libertades económicas éste último pueda plegarse tácticamente a las tesis liberales. Por ejemplo, un libertario sí está a favor de un ecologismo razonable, de los derechos LGTBI y al aborto, del internacionalismo, de la irrestricta igualdad ante la Ley, etcétera; cosas que le parecen preocupantes a un conservador.
 (3)     Ciertamente, se pueden encontrar algunas ambigüedades skinnerianas en su concepción respecto a la libertad y la democracia. En cierto modo, su visión se parece a la de Platón, para quien el gobierno de los ilustrados sería el más conveniente. Esto, sin embargo, no acercaría a Skinner al socialismo sino al fascismo, aunque ambos sean muy parecidos en su metodología y resultados.
 (4)     Como ejemplo de contingencias disposicionales, los precios de los productos no se fijan por voluntad del Poder dominante, del Jefe de Estado ni del productor, ni por los costos de producción, sino por el interjuego de elecciones entre los consumidores en relación con la ley de utilidad marginal. Otro ejemplo son los contrapesos de lo que se llama “Estado de Derecho”, que buscan garantizar una justicia al margen de la voluntad de un grupo o individuo poderosos.

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