domingo, 4 de octubre de 2009

ALGO PARA RECORDAR SOBRE "LA TERCERA GENERACIÓN" DE CONDUCTISTAS


El artículo reportado a continuación es el epítome del enfoque de Arthur W. Staats. Es en esta perspectiva (y no en la de los contextualistas, como algunos creen) que se comienza a hablar de "conductismo de tercera generación". La postura de Staats fue progresivamente denominada por él como "conductismo social", "conductismo paradigmático" y finalmente, debido a una malhadada sugerencia externa, de "conductismo psicológico".
Para mi gusto, la segunda de las denominaciones (paradigmático) era la más llamativa y adecuada para posicionarse en el "mercado psicológico", pero en fin... al parecer los conductistas nunca hemos demostrado mucho talento para utilizar las herramientas del marketing en beneficio propio, al menos de la manera tan eficiente como si lo saben hacer otros enfoques científicamente menos poderosos, pero sí más atentos a su divulgación masiva.
A. W. Staats
En esa línea de comportamiento iluso, incluso muchas veces revistas que publican artículos conductistas de gran importancia teórica, los protegen de su copia y difusión a pesar de los años (¿?), como es el caso de este escrito que recomiendo revisar con atención, y que debido a la restricción que tiene no lo he podido subir a scribb para que se difunda como se debe:
Staats, A. W. (1979). El Conductismo Social: Un Fundamento de la Modificación del Comportamiento. Revista Latinoamericana de Psicología. 11(1), 9-46.
La imagen que acompaña este post muestra el aparato de modificación de conducta operante para el aprendizaje infantil de conducta compleja, de Staats, cuyo funcionamiento puede verse descrito en las tres obras más relevantes de dicho autor, y cuentan con traducción al castellano:
Aprendizaje, Lenguaje y Cognición (1968/1983), Conductismo Social (1975/1979) y Conducta y Personalidad: Conductismo Psicológico (1996/1997), así como en uno de los clásicos volúmenes de Modificación de Conducta en la Infancia, de B. A. Ashem y E. G. Poser.

sábado, 26 de septiembre de 2009

¿PSICOLOGÍA O PSICOLOGÍAS? CONTRA EL MITO DE LA DISCIPLINA UNIFICADA

Llamo la atención sobre el planteamiento de principio que el Dr. Emilio Ribes (2004) presenta en un artículo titulado “¿Es posible unificar los criterios sobre los que se concibe la psicología?”, publicado por la revista Suma Psicológica, 11(1), 9-28. En el dice: «No es correcto... hablar de “la” psicología, aludiendo a una disciplina ideal con propósitos, medios y fines compartidos por todos aquellos que la practican. Nos enfrentamos, más bien, a un conjunto diverso, más o menos inconmensurable, de “psicologías” que, lamentablemente, sólo comparten el nombre. En sentido estricto, deberíamos hablar de “las psicologías”, asumiendo sus diferencias irreconciliables, o cuando menos evidentes, en cuanto a objeto, método y aplicaciones del conocimiento. La así llamada psicología constituye, en realidad, un pluralismo disciplinar no reconocido, cuya forma de existencia es el mito de una disciplina unificada... » (p. 11).
Aun cuando sí defiendo la posibilidad de una unificación futura sobre la base de ciertas condiciones paradigmáticas (cosa que he discutido en un escrito anterior, véase el capítulo 1 del libro Psicología: Tópicos de Actualidad , pp. 9-24), debo aceptar la justeza de las expresiones de Ribes.
Hay quienes soslayan este tema porque se afanan en escribir la historia sólo desde la perspectiva que ellos mismos se han construido. Vale decir los ya conocidos y repetidos argumentos de la “evolución histórica” de la psicología en términos del conductismo al cognitivismo, de la cuantitatividad a la cualitatividad y del mecanicismo al enfoque de sistemas. Anclados en dicha óptica, muchos profesionales se juntan en asociaciones internacionales para promocionarla, aprovechando la ingenuidad seguidista de una parte del estudiantado, y también de los poco leídos. Estos “militantes” hacen a un lado la diversidad de opiniones teóricas fundamentadas bajo otro tipo de supuestos, acallando condescendientemente todo lo que no comparten bajo un grupo de clichés bien conocidos: “Estás desactualizado”, “mira la literatura que hay actualmente” (claro, su literatura, la única que ellos leen, la demás no la conocen o la evitan).

MECANISMOS DE COPAMIENTO

La estrategia de copamiento asume diversas formas, desde la publicación de obras supuestamente “introductorias” que dan “una visión imparcial” de la disciplina (hace unos años asistimos a una ofensiva profusa de constructivistas que lanzaron libros de epistemología y de historia de la psicología en español, logrando posicionar un “panorama general” favorable a su postura), hasta puestos claves en cursos universitarios, o premiaciones a personajes "modelo" internacionales de la tendencia afín que se presentan nimbados con el halo de la sobresaliente labor. Pero la mejor de todas esas estrategias es, paradójicamente, el solapamiento de todas esas actividades bajo la apariencia democrática (“si hay más seguidores de una orientación, pues no tenemos la culpa”), y del mito de la psicología como una disciplina única (“todos somos psicólogos y la psicología es una sola”).

LA ESPECIALIZACIÓN

En todo ello, el asunto de la especialización juega un papel distractor: en reuniones académicas (conferencias magistrales, seminarios, clases), donde muchas veces se tocan los temas de una manera tal que toquen la fibra “practicista” del auditorio, sin ir directamente al grano. Así, se meten de contrabando ideologías y teorías mentalistas mezcladas entre la exposición de métodos y aplicaciones objetivas para tratar o investigar tal o cual cosa, como si fuese lo más natural, acostumbrando a los escuchas a un fárrago descuidadamente ecléctico. De esa manera contribuyen a sembrar la ilusión de una disciplina unificada en la cual sólo unos cuantos “desactualizados” no quieren alinearse por ignorancia ¡Y vaya que esas astucias hasta ahora vienen teniendo éxito!

¿QUÉ HAY QUE HACER?

La realidad es que actualmente hay una convivencia multiparadigmática. Lo que para algunos es “información actualizada” para otros es antigua, y lo que para algunos es verdad evidente para otros es un disparate. Todo depende del punto de vista de que se parta y de la historia particular de cada enfoque. La mejor actitud para enfrentar esa situación por el momento es la de la tolerancia mutua, y el respeto por los desarrollos ajenos. Hay que desterrar la vieja costumbre de etiquetar al “competidor” con rótulos de fácil administración tergiversando o interpretando desde otros supuestos lo que sostiene, y de autopresentarse como “lo último” o “lo mejor” en métodos o aplicaciones (salvo en los casos en que sí haya una investigación comparativa certificada por entidades autorizadas). Tampoco es saludable ni ético apropiarse de productos técnicos generados con otra lógica teórica para cambiarles de nombre y presentarlos como productos propios del enfoque promocionado por los “piratas” (las técnicas de condicionamiento encubierto y la psiconeuroinmunología, por ejemplo, suelen ser motivo de este tipo de falsificaciones, como otrora lo fueron la primera psicolingüística, la tecnología educativa y las aplicaciones conductuales comunitarias).
No hay una sino varias psicologías, cada una es como un árbol que a su vez se ramifica y va interrelacionándose con sus propias ramas, así como con ramas del árbol ajeno, pero sin llegar a compartir sus raíces. Eso es lo que hay que reconocer. No deben reforzarse las tendencias a describir enfoques ajenos desde la propia perspectiva, sino dejar que los propios cultores de un enfoque sean los que hablen sobre él. No caben los libros “de introducción” ni los cursos generales “de marco propedéutico” que no sean colegiados, es decir con grupos de profesores de cada una de las orientaciones psicológicas que pretenden ser expuestas.
Adicionalmente, no se puede abandonar el supremo objetivo de unificar finalmente la disciplina, pero sobre la base de una discusión que relieve las semejanzas, no las diferencias. Salus populi suprema lex.

miércoles, 22 de julio de 2009

MI CEREBRO ESTÁ HARTO DE QUE LE HABLEN DEL CEREBRO

Recorriendo páginas que contienen vídeos de documentales científicos, me percato del impresionante fetichismo cerebral que hoy en día campea a sus anchas en el ámbito académico, como otrora El Cid lo hacía sobre las llanuras de Castilla.
En efecto, en dichos documentales, muy frecuentemente de factura médica, se ven títulos como estos:
“Aprendizaje y cerebro”, “alcohol y cerebro”, “cerebro y adolescencia”, “el cerebro de Einstein”, “cerebro humano”, “el cerebro nos engaña”, “cerebro y supervivencia”, “cerebro y lenguaje”, “cerebro y diferencias de género”, “baile y cerebro”, “el cerebro adictivo”, “cerebro y procesos cognitivos”, “cerebro e inteligencia”, “cerebro y emociones”, “cerebro y estrés”, “cerebro y sociedad”, “cerebro consciente e inconsciente”, “cerebro y atención”, “cerebro y contacto físico”, “la vida secreta del cerebro”, “cerebro y arte”, “cerebro y musica”, “la moral está en el cerebro”, “tiempo y cerebro”, “el cerebro de Mozart”, "cerebro y marketing", etc., etc., etc.
En todos ellos el rollo discursivo parece ser sustancialmente el mismo: darle a ese órgano privilegiado una categoría de oligarca máximo del comportamiento y demiurgo de la realidad humana, porque resulta que ya no somos nosotros los que tomamos decisiones, vemos, hablamos, hacemos, pensamos, sentimos o inventamos, sino nuestro cerebro. Si sentimos estrés, nuestro cerebro es el que lo siente y prepara las condiciones para que lo afrontemos, si nos enamoramos, nuestro cerebro es el que activa los mecanismos de amor y de placer, si nos gusta el baile o somos inteligentes, nuestro cerebro es el que nos dota de esas habilidades, si actuamos de acuerdo o no con la moral, es nuestro cerebro el que lo propicia.
¡Vaya pues! la lista de maravillosas capacidades y taras psicológicas que puede mostrar el señor cerebro es inmensa. Pobre el resto de nuestro cuerpo, pobres nosotros, que sólo seríamos títeres de esa entidad oligárquica y gerencial que es nuestro cerebro.
En suma, ya no somos un individuo con cerebro, sino un cerebro con cuerpo, siendo éste sólo un pedestal sobre el cual se sostiene el sagrado totem cerebral.
Al menos, eso es lo que se deduce de tanta publicidad cerebrológica en los documentales difundidos por el grupo Discovery y otras productoras. Y ni qué decir de la miriada de libros donde se apuntala lo mismo.
Como no podía ser de otra manera, esta ideología absurda y reduccionista, tan bien apoyada financieramente por los consorcios médicos, se mueve también al interior de la psicología, apoyada por ciertos sectores de orientación cognitiva que predican una filosofía de la mente de tipo “identidad mente-cerebro” (más radical que la tendencia llamada “emergentista”).
Lo peor es que muchos simpatizantes de dicha corriente “neurocientífica” han hecho toda una profesión de la denuncia frente al “mecanicismo” del análisis comportamental, como si sostener la hipótesis de una máquina cerebral que actúa por nosotros no fuera a su vez el peor de los mecanicismos.
Es bueno recordar a la “cerebrología” y a su mercado ingenuo de consumo que lo psicológico no viene implantado como un chip dentro de ninguna estructura cerebral. La mente no es una función corporal, ni hay estructuras o funciones neurales para cada proceso de pensamiento, por la sencilla razón de que la contextualización social que le da origen y desarrollo a un episodio de comportamiento, es irreducible a mera actividad del cerebro, pues consiste de la interacción de múltiples factores intra y extraorgánicos.
No se equivocaba Politzer cuando, en su crítica del materialismo médico, fisiológico o biológico, decía que éste no es sino una respuesta al espiritualismo que se ha vaciado en su mismo molde, nombrando “materia” (o “cerebro”) a lo que ayer se llamaba “espíritu”. Y lo cierto es que parece resultar muy rentable en la actualidad para el charlatán tratar de impresionar al lego y al poco leído en psicología y en otras disciplinas, utilizando la jerga neurológica.
En suma, como seguidor ingenuo de la ideología reduccionista que campea en los documentales y libros "pro-cerebrológicos" difundidos por canales de comunicación supuestamente científica, digo que no yo, sino mi cerebro, está realmente harto de que le hablen del cerebro.

jueves, 2 de julio de 2009

¿EL CONDUCTISMO ES DIALÉCTICO?

Uno de los lugares comunes en la crítica externa al conductismo es la raigambre supuestamente “mecanicista” que atribuye a cualquier teoría conductual. No es necesario dar ejemplos, pues la literatura respectiva está llena de esas alusiones, y ni qué decir de las continuas repeticiones orales simplificadas que hacen de ellas muchos profesores y catedráticos de tendencias filosóficas e ideológicas vinculadas al llamado “progresismo”. Por oposición a esto, lo que se relieva hasta el cansancio es la índole “dialéctica” de ciertas aproximaciones no conductistas.
Como Bunge suele puntualizarlo, más allá de las “definiciones” bastante generales de Hegel, de los clásicos marxistas y del catecismo pro-soviético, no hay registro preciso de aquello que los cultores dialécticos entienden estrictamente por dialéctica, siendo más una connotación metafórica que cubre una gran cantidad de condiciones cualitativas.
Ser dialéctico, en la postura tercermundista, equivale a exhibir una serie de virtudes relativas tanto al acervo moral y conceptual como al enfoque teórico de base. En breve, a nivel de valores y competencias individuales implicaría por un lado el “compromiso con la emancipación de las clases populares” (en el sentido filo o neomarxista), y, por otro, en lo que podría calificarse de aptitud académica, ser capaz de utilizar un método reflexivo cuasi-intuitivo que permite captar con gran detalle el material analizado y sus diversas formas de desarrollo, descubriendo su entramado estocástico (acciones recíprocas y polaridades entre los elementos) dentro de la estructura total.
Dada la amplia extensión semántica de esta concepción, el rango de los enfoques teóricos considerados “dialécticos” parece indeterminado. Así, se han reclamado tales tanto los adeptos a los enfoques socioculturalistas, genético-constructivistas o post racionalistas y sistémicos, como en menor medida los dinámicos y humanistas. Lo que sí es seguro es el rechazo absoluto que todos ellos tienen respecto al conductismo como algo definitivamente “no-dialéctico”.
Pero ¿eso es realmente así?
La tesis (no exhaustiva) de este post es que, si queremos presentar el conductismo actual con una retórica dialéctica, eso sería extremadamente fácil. Incluso la “mecánica” de su funcionamiento se vería mucho más congruente con las propiedades conceptuales dialécticas que en otros casos teóricos. De hecho, ya he tratado este tema en otros lugares (por ejemplo pulsar 1 , pulsar 2).
Así, como lo he dicho en esas otras ocasiones (a las que remito para la fundamentación bibliográfica correspondiente), ninguna de las cualidades analíticas atribuidas al método dialéctico es ajena al análisis conductual. Por ejemplo, si hablamos de las funciones E-R, éstas sólo son concebibles dentro de un sistema fluctuante de interdependencias entre las variables contingenciales que conforman un episodio de comportamiento, y con referencia a un contexto históricamente demarcado. Igualmente, su nivel de complejidad está determinado no por el carácter de su manifestación real, sino por la apreciación momentánea que el observador hace del tipo de interacción molar o molecular que requiere estudiar.
Técnicamente, un enfoque molar permite que cada clase general de conducta o sistema contingencial pueda ser la referencia para descubrir el orden y finalidad subyacente a la variedad de sus elementos, y servir de herramienta conceptual heurística. Un enfoque molecular, en cambio, implica que cada miembro de una clase conductual pueda ser susceptible de ser analizado exhaustivamente en sus unidades básicas, fraccionadas para el efecto.
En este sentido, el análisis de proceso que se lleva a cabo respecto al objeto de estudio incorpora los eventos discretos (ocurrencias inmediatas en términos paramétricos) como actividades que modifican el aspecto histórico del sistema contingencial, variándolo o confirmándolo en diversos momentos de su dinámica.
Podría hacer muchas otras disquisiciones complementarias a lo dicho, pero lo más “dialéctico” que encuentro en el conductismo es, esencialmente, su planteamiento contextualista de base respecto del objeto de estudio de la disciplina. Éste es uno solo: el comportamiento, una totalidad que comprende tanto aspectos “internos” como “externos”. La conducta como interacción molar o molecular entre el individuo y su entorno involucra en diversos planos tanto lo “subjetivo” como lo “objetivo”: lo cognitivo, lo emotivo, lo volitivo, lo motor y lo fisiológico, entendiendo que todo ello no funciona separadamente, sino que constituyen facetas del mismo ocurrir fenoménico y sujetas a las mismas leyes, lo que hace innecesaria la distinción entre eventos “observables” e “inobservables”.
Que este lenguaje no incorpore más frecuentemente la alusión a la consciencia ni otros términos caros a la terminología “progresista”, no quiere decir que no considere semejantes conceptos inmersos en la noción general de historia interactiva, y no como algo abstracto, pues está claro que se trata de productos social-verbales.
Por último, en el conductismo la relación entre la teoría y la práctica está muy articulada, partiendo de que el conocimiento real del mundo y sus fenómenos se puede lograr a través de sucesivos contactos con los eventos y su transformación. Esto es, mediante el empleo del método experimental y la verificación empírica de los principios y nexos que articulan la realidad. El error de los críticos anti-conductistas radica en achacar a estos procedimientos las falencias de la mecánica pre-relativista, juzgando que simpatiza con la causalidad lineal y necesaria del paradigma laplaceano, cuando para el determinista contemporáneo, como se sabe, la causalidad “necesaria” es reemplazada por la causalidad “legal”. Vale decir, “dados suficientes datos sobre ciertas dimensiones del espacio-tiempo, es posible inferir algo sobre otras similares con una probabilidad razonablemente elevada”. Eso es una concepción estocástica basada en regularidades estadísticas (por ejemplo, la ley del refuerzo).
Existe una multitud más de señalamientos que apuntalan la tesis enunciada. Baste decir que el conductismo en la actualidad presenta varias opciones teóricas que, cada una a su manera, satisfacen a nivel de aptitud académica los rudimentos de una noción dialéctica. Es cuestión de ponerse en su perspectiva, dejando de lado el dogmático arsenal de clichés que obnubila la comprensión de cierto sector de la comunidad psicológica.

lunes, 29 de junio de 2009

EL PENSAMIENTO SEGÚN J. B. WATSON

Entre las muchas simplificaciones de las ideas de Watson sobre la psicología y los tópicos que trata, se halla en uno de los primeros lugares el aserto de que el buen John Broadus identificaba el lenguaje con el pensamiento, distinguiendo a éste excelentísimo proceso con el nada honroso calificativo de “habla subvocal”, lo que parecería igualarnos con los pericos.
Sin duda el propio Watson tiene responsabilidad en el origen de este malentendido, al no ser claro en sus primeros escritos sobre el tema. Pero aquí mostraré que, si bien su concepción de lo que es “pensamiento” es general, organocéntrica, meramente introductoria e incluso mal expresada (“pensemos” que en su época no había mucho de dónde extraer ideas sobre eso), en cambio no llega al primitivismo que se le ha achacado.
La primera vez que Watson se refirió al pensamiento lo hizo en una brevísima nota de pie (la séptima), al final de su célebre manifiesto de 1913 (aquí). Allí señalaba que los procesos de pensamiento podían concebirse en el marco de manifestaciones musculares, tanto las vinculadas al ejercicio abierto de la costumbre de actuar, como, muy especialmente, a los sistemas involucrados en la musculatura de la expresión discursiva (hábitos de pensamiento motor relacionados con la laringe). Parece ser que fue un texto añadido a último momento debido a que en la misma revista iba a salir publicado otro artículo ligado exclusivamente al discurso subvocal, por lo que el contenido del breve comentario debe juzgarse en ese contexto.
Luego, en 1920, volvió más extensamente sobre el punto (aquí), pero, en realidad, añadiendo poco a su concepción fundamental. Concluía que el pensamiento “es un gran proceso verbal” relacionado con la actividad implícita. Pero, ojo: como queda claro al leer el artículo completo, él ya entendía por “verbal” todo lo concerniente a la capacidad de actuar del organismo como un todo, tanto física como emocionalmente, con miras a la expresión y a la solución de problemas. En otras palabras, a la adaptación al mundo.
En definitiva Watson terminó refinando su postura más clara y sintética en su conocido gran libro de 1924, El Conductismo (quizá el más citado pero el menos leído por los no-conductistas), con las siguientes palabras:
“Deseamos recalcar ahora que siempre que el individuo piensa, toda su organización corporal trabaja (implícitamente)... Parece razonable suponer que en momentos sucesivos el pensamiento puede ser kinestésico, verbal o emocional. Cuando la organización kinestésica está bloqueada o falta, entonces funciona la verbal, si ambas quedan bloqueadas, la organización emocional se torna predominante” (Watson, 1924/1961; pp. 249-250).
Por último, subrayó más su versión al respecto en el apéndice del libro, donde consigna en su exposición polémica contra el inefable McDougall:
“Plantéase ahora una... cuestión que requiere cuidadoso examen: ¿pensamos sólo con palabras? Hoy entiendo que, toda vez que el individuo piensa, trabaja (implícitamente) su total organización corporal, aunque el resultado final consista en una formulación verbal hablada, escrita o expresada subvocalmente... Por consiguiente, pensamos y planeamos con todo el cuerpo. Pero, dado que... la organización verbal, cuando se haya presente en general probablemente predomina sobre la visceral y la manual, solemos decir que el pensar es en su mayor parte verbalización subvocal, siempre que admitamos en seguida que también puede desenvolverse sin palabras” (ib., pp. 297-298).
Creo que este planteamiento de base no está, en buena cuenta, muy lejos del que Skinner presenta en su capítulo sobre el pensamiento de Conducta Verbal (dicho sea de paso, tan poco satisfactorio como cualquier otro enfoque que trate del asunto hasta ahora).
A pesar de estas aclaraciones, Watson quedó marcado para siempre con el estigma del primitivismo teórico sobre el pensamiento. Pocos reparan en los párrafos mencionados porque "quieren" interpretarlo en función a su prejuicio. De hecho, en el mismo prólogo a la edición en español hecha por la editorial Paidós de El Conductismo, el Dr. Emilio Mira y López -un psiquiatra al parecer muy ilustrado en todo menos en conductismo watsoniano- afirmó directa y peladamente que Watson decía que el pensamiento no era otra cosa que un monólogo implícito o hablarse a sí mismo (ib., p. 14). Con esto, parece cierto que no hay peor ciego que el que no quiere ver...
¡Y muchos conductistas también lo creen así en base a la información sesgada y parcial a la que tienen acceso! Valga esta reactualización de su verdadera postura para incentivar una lectura más precisa y respetuosa de su obra.

Watson, J. B. (1924/1961). El Conductismo. Buenos Aires: Paidós.

sábado, 21 de febrero de 2009

¿LA COGNICIÓN ES CONDUCTA? ¡PUES CLARO!

Hace un buen manojo de años y experiencias fui testigo de una presentación al Dr. Vicente Caballo en una de sus disertaciones magistrales. El estaba por entonces de visita en Perú y en el Auditorio de la vieja Facultad de Psicología en la Universidad de San Marcos. Quien lo presentó lo anunció como un psicólogo “cognitivo-conductual”, cosa que el Dr. Caballo se apresuró a rectificar en su alocución, aclarando que sólo se consideraba “conductual”. Cuando terminó, y tras las preguntas de rigor sobre aspectos eminentemente prácticos, fue despedido por el mismo presentador comenzando con estas palabras: “Agradecemos la participación del Dr. Caballo, psicólogo cognitivo-conductual que nos ha brindado su…”
Es que en la conferencia Caballo se había referido varias veces a aspectos cognitivos del comportamiento, y al parecer, para una mentalidad anclada en el axioma de que la cognición y la conducta son “objetos” distintos, era inconcebible que un psicólogo simplemente “conductual” como Don Vicente pudiera hablar de fenómenos “psíquicos”.
Así es como el diálogo de sordos se establece sobre la base de dogmas y prejuicios. Como en el habla vulgar la “conducta” o “comportamiento” se ha identificado con la acción física y observable de manera discreta (a pesar de que el diccionario de la lengua no lo define así), no cabe para alguien educado en forma tradicional que algo tan abstracto como la “cognición” pueda caber allí, si no es a manera de proceso interno inspirador de la externalidad.
Pero la cognición también es conducta, sí señor.
Conducta o comportamiento es, en sentido lato, conducirse o comportarse. En suma, un proceso en el tiempo y el espacio que puede mostrar diversas facetas, algunas directamente observables y otras implícitas (eso no es privativo de la conducta, muchos fenómenos naturales tienen las mismas características). El comportamiento connota relaciones entre variables organísmicas y ambientales, de modo que actuar, pensar, hablar, sentir e inteligir forman parte de tales relaciones en un entramado complejo. El análisis exhaustivo de cualquiera de esos episodios denota siempre un agente (la persona y su equipo biológico) y un contexto (el entorno real, percibido o imaginado), donde los sistemas de respuesta sensorial-motor, emotivo-motivacional y lingüístico-cognoscitivo pueden distinguirse desde el punto de vista didáctico, pero centrarse en alguno de ellos como si fuera excluyente de los demás es un grave error.
En consecuencia ¿es posible hablar de “psicología cognitiva”? Sí, pero teniendo claro que se trata de un sub-conjunto o sub-sistema de respuestas conductuales que involucra el uso de determinados órganos y competencias no presentes, o sustancialmente no importantes, en otro tipo de interacción. También con la misma cautela se podría hablar de “psicología afectiva” o “psicología motora”, si fuera el caso en diferente nivel de análisis.
¿Por qué, pues, tanta confusión con este problema? La respuesta de primera impresión creo que nos remitiría al principio de este post, una especie de “escotoma psíquico” (permítaseme la metáfora para resumir los mecanismos de condicionamiento) que rechaza a priori cualquier “violación” al esquema dualista previamente fijado, que es, en este caso, partir de que lo “conductual” es sólo una manifestación física y externa de "lo que llevamos adentro". Claro que lo que acabo de decir en términos de fácil comunicación sería la prueba fehaciente para un psicólogo de los llamados cognitivos de que sí existe la oposición cognitivo-conductual desde que aludí algo “psíquico” que “causa” lo que se ve. 
Pero se puede argüír a eso que el lenguaje no crea la realidad sino la interpreta con las herramientas que tiene a mano. Esto nos lleva a reflexionar más allá de la primera impresión, a saber, que el lenguaje coloquial o modo de referir los acontecimientos es el que hace aparecer la confusión dualista. Por eso hay que ir no al análisis de las palabras que describen nuestras prácticas (característica de la psicología folclórica o de sentido común), sino al de las prácticas mismas. En términos operativos, eso significa atenerse al suelo de observación, establecer anclaje empírico entre el constructo y el hecho, y utilizar un lenguaje técnico para describir sus relaciones. Justamente lo que ya ha hecho el análisis conductual, salvo mejor parecer...
Post Scriptum
He vuelto a abrir esta entrada para añadir algunas cosas. Recibí el correo privado de un amigo y colega que se considera cognitivo, y me dice entre otras cosas que para él la cognición sí es algo diferente a la conducta, pues se rige por leyes propias. Me cita concretamente la lógica, el procesamiento de información y los principios de la gestalt.
Esos ejemplos no me parecen concluyentes. Se sabe, por ejemplo, que los principios gestálticos responden a procesos de condicionamiento de los cuales el "cierre visual" viene a ser un caso de tipo respondiente. Sería bueno que alguien dijera también (mi amigo no lo puede explicar) de qué manera las operaciones envueltas en el llamado procesamiento de información (codificar, comparar, localizar, almacenar, etc.) difieren del funcionamiento de las leyes conductuales. Por último, si aceptamos que la lógica no crea la naturaleza sino que procede de ella, no podemos sino afirmar que la representación lógica de los acontecimientos depende de sus mecanismos naturales. El aserto "Si p entonces q" no significa algo aislado del mundo, sino todo lo contrario: una representación simbólica de algo que ocurre en el mundo, y por tanto se supedita a las leyes que, en el caso de los organismos, no pueden ser otras que las leyes de la conducta, salvo que creamos en fantasmas...
Lo que el cognitivo promedio cree identificar como conducta es, en términos técnicos, sólo lo que un conductista llama "topografía de la conducta"; o sea movimientos o desplazamientos percibibles físicamente como lo que alguien dice o hace. Pero ese es sólo un parámetro. La conducta en su totalidad es mucho más que eso, involucra aspectos contextuales e históricos además de organísmicos.

El Análisis Experimental del Comportamiento y sus Utilidades

Hay pocas descripciones técnicas de lo que es el análisis experimental del comportamiento (AEC) en la red. Aquí intento formular una que incide en las utilidades de ese análisis para la actuación práctica de los psicólogos.
El AEC es el nivel donde se formulan las categorías, las unidades analíticas, los parámetros, los paradigmas de investigación, y las leyes y principios implicados en el manejo de los datos. Según Skinner la tarea principal es describir todas las variables de las cuales es función la respuesta, y ciertamente es así, pero una visión más moderna hace destacar aquí las ecuaciones variabilísticas que cubren todo el espectro organísmico y situacional que está implícito o explícito en una contingencia. La más conocida de dichas ecuaciones es la comprendida en la fórmula: K = f [E-O-R-C], que significa que un segmento contingencial (K) es función (f) de las interrelaciones establecidas entre los factores estimulares (E), organísmico-disposicionales (O), de respuesta o clases de respuesta respondientes y operantes (R), y las consecuencias que fortalecen a estas últimas (C).
La medición de los episodios contingenciales se hace en gran medida a través de la fijación de parámetros que estipulan cuantitativamente los límites físicos, espaciales y temporales de cada interacción. Así, el parámetro de fuerza comprende la frecuencia, la duración, la latencia y la magnitud de la conducta en relación con eventos del entorno. El parámetro de topografía se refiere a los movimientos o desplazamientos realizados por el organismo en cada instante de la interacción, y el parámetro de escenario se refiere a la geografía (momento y lugar donde ocurre la conducta), la ecología (entorno físico que la rodea) y la demografía (personas significativas que están o no presentes en el episodio). A estos parámetros hay que añadir, por supuesto, las probabilidades organísmico-disposicionales y ambientales de ocurrencia del episodio.
Los paradigmas de investigación centrales desplegados desde el análisis experimental son los del condicionamiento clásico y del condicionamiento operante, así como de sus diversas combinaciones y formas de presentación (por ejemplo los programas de reforzamiento). Estos paradigmas son equivalentes a los “ejemplares” de Kuhn, puesto que desde sus modos básicos de ocurrencia empírica se desprenden leyes, teorías, aplicaciones e instrumentación juntas. Gracias a la investigación en estos rubros se han obtenido una gran cantidad de regularidades de la conducta, que pueden considerarse como leyes que desembocan en la formulación de principios aplicativos a nivel operante y respondiente (como por ejemplo el reforzamiento, la extinción, el modelamiento, el castigo y el contracondicionamiento).

EJEMPLOS DE LEYES
La aparente simplicidad de estas leyes no debe confundir a nadie. Se formulan de la misma manera en todas las disciplinas que han logrado cierto status científico. Por ejemplo, en la biología existen las leyes de Lamark y de la irritabilidad específica, que rezan como sigue:

Ley de Lamarck
“El empleo frecuente de un órgano lo desarrolla,
y su falta de uso lo debilita o lo elimina”


Ley de la Irritabilidad Específica
“Cada nervio sensitivo sólo responde a una variedad de estímulos, y da lugar a la misma sensación así sea por otro estímulo”

La formulación de algunas de las leyes que viene a continuación prueba el entronque básico-aplicado que existe entre los niveles del análisis experimental y la tecnología del comportamiento, un modelo de progresión teórico práctica que integra los ámbitos filosófico, teórico, metodológico y tecnológico en la mejor de las tradiciones de la ciencia, y en particular consonancia con la definición más rigurosa que Kuhn hace de los paradigmas. Desde esa perspectiva se puede generar rápida transferencia entre el examen empírico de los datos y su interpretación conceptual. Eso incluso alcanza hasta la re-explicación experimental de efectos e instrumentos antes considerados acientíficos.

Ley del Efecto
"De entre varias respuestas de un organismo efectuadas en la misma situación, aquella que vaya seguida o acompañada por consecuencias favorables o agradables para el organismo, tendrá una mayor probabilidad de ocurrencia en circunstancias futuras similares. Y viceversa"

Principio de Saciedad
"Si un reforzador se presenta continuamente durante algún tiempo, la tasa de respuestas asociada a él tenderá a reducirse"

Principio de Privación
"Si se retira un reforzador durante algún tiempo, la tasa de respuestas asociada a él se eleva primero y luego se reduce"

Ley de la Sobreposición
"Si se coloca gradualmente un estímulo nuevo sobre otro con función discriminativa, el control se le transfiere al primero"

Ley de la Inhibición
"La fuerza de una respuesta podrá ser reducida mediante la presentación de un segundo estímulo, que por sí mismo no tiene ninguna relación con el efecto en cuestión"

Ley de la Preponderancia
"Cuando dos o más respuestas se sobreponen topográficamente, una de ellas tenderá a ocurrir excluyendo a la otra"

Ley de Premack
"Si se producen dos respuestas topográficamente cercanas, la respuesta cuya ocurrencia sea más probable tiende a reforzar otra respuesta de menor probabilidad"

Ley de la Facilitación
"La fuerza de una respuesta podrá ser incrementada mediante la presentación de un segundo estímulo que por sí mismo no provoca la respuesta"

NEXOS ENTRE PRINCIPIOS Y APLICACIONES
Parece no ser necesario insistir en las posibilidades tecnológicas de la ley del efecto por ser las más conocidas y fáciles de reconocer, pero hay algunos casos en los cuales podría señalarse con mayor especificidad un nexo claro entre los principios utilizados y las regularidades encontradas en el laboratorio.
Por ejemplo, los procedimientos de la práctica negativa tienen que ver con la ley del efecto de la saciedad. Así, en el campo educativo una maestra puede aplicar la sobrecorrección (una modalidad de práctica negativa) para castigar la conducta de un alumno que ha tirado un objeto al piso. La instrucción dada por la maestra es “¡recógelo!”, y tras la acción del alumno de obedecer, ella dejará caer de nuevo el objeto para volver a ordenar que sea recogido, y así por varias veces. O también, si un alumno hace garabatos durante la clase en vez de escribir los dictados, se le ordena que continúe hasta completar varias páginas incluso hasta después del horario escolar. Otra modalidad de práctica negativa puede reconocerse en la prescripción clínica de cigarros especiales que se recomienda fumar a los adictos a la nicotina. Estos indumentos provocan sensaciones de nausea tras cierto número de inhalaciones.
Más ejemplos: la extinción operante tiene, por su parte, fundamento en la ley del efecto de la privación; asimismo el reforzamiento de conductas incompatibles y la reacción de competencia muestran afinidad con la ley de la preponderancia; la extinción respondiente y la inhibición recíproca se cobijan bajo la ley de la inhibición; la estimulación suplementaria se basa en la ley de la facilitación, y ¿quién no reconocería la ley de Premack en el uso de juegos educativos para incentivar el aprendizaje?
También puede apreciarse la impronta del manejo experimental en la explicación del poder de ciertos instrumentos de evaluación psicológica de procedencia clínica no conductual que recientemente se están rescatando del uso tradicional. Ya Skinner señala que las técnicas proyectivas (asociación de palabras, apercepción temática, manchas de tinta, etc.) involucran estimulación de tipo suplementario (sondeo temático), con objeto de “inferir las fuentes adicionales de fuerza” de una conducta, y, de hecho, propone el “sumador verbal” como forma válida de evaluación experimental. Por ejemplo, desde hace algún tiempo y también recientemente se desarrollan algunas investigaciones experimentales sobre el uso del Test de Rorschach como instrumento conductual. Asimismo Ribes coincide en cierta manera con esto, al identificar tanto el Rorschach como el Test de Apercepción Temática con el planteamiento de “contingencias abiertas” para evaluar con mayor certeza los etilos interactivos de los individuos. El fundamento de todo esto se halla en las respuestas emocionales condicionadas —positivas o negativas— que los reactivos de diversos tests evocan, obrando a manera de estímulos reforzadores-discriminativos para la emergencia de comportamientos latentes que no son de fácil evocación.

CONCLUSION
Se trata de explicitar técnicamente la articulación paradigmática de una estructura teórica que posibilita la validez de una relación auténtica entre lo básico y lo aplicado, y proporcionar ejemplos de leyes científicas que se traducen en principios aplicativos. Aquí no hay alusiones valorativas sobre lo "activo" o "pasivo", o sobre la "interioridad" o "exterioridad" de la construcción comportamental, pasatiempos no pragmáticos con que suelen distraerse cultores de otras corrientes psicológicas y pedagógicas, jugando a ver quién es más o menos "humanista" o "cognitivista" que los demás. Sin embargo, no se opone a tales disquisiciones siempre y cuando se comprenda que son discursos pertenecientes a niveles distintos de análisis.

NOTAS
- En la imagen que figura al principio se ve al Dr. Arthur W. Staats y su colaboradora y esposa Carolyn, en el transcurso de su famoso experimento sobre condicionamiento actitudinal.

- Esta entrada se relaciona con El Método Científico-Experimental.

miércoles, 11 de febrero de 2009

SOBRE EL TRATAMIENTO CONDUCTUAL DE LA ENURESIS Y LA “SUSTITUCION DE SÍNTOMAS”

A pesar del tiempo transcurrido y la renuencia de los autores más recientes para abordar este tema, la polémica sobre “sustitución de síntomas adversus tratamiento sintomático” sigue latente en el imaginario popular de muchos profesionales y pre-profesionales de la psicología, determinando sus métodos de evaluación y estrategias de intervención.
Como se sabe, la tesis central del tratamiento psicodinámico para la neurosis es permitir que los contenidos inconscientes reprimidos que causan el síntoma accedan a la conciencia. Si no ocurre eso, cualquier aparente mejora sería engañosa, pues la sedicente “patología” interna volvería a manifestarse con otros síntomas.
Dejando de lado que la persistencia del DSM IV al caracterizar los trastornos psicológicos como “síntomas” favorece el uso de esta metáfora internalista (utilizada también por nuestros colegas “cognitivo-conductuales”), cabe apelar también al “sentido común” como un motivador de conceptos vinculados a dicha tesis. Es muy fácil sucumbir a la tentación de ver las cosas enmarcadas en la contraposición de “esencia tras el fenómeno”.
Un ejemplo: la enuresis nocturna. Se ha sostenido que la incontinencia urinaria no es sólo un trastorno “superficial” de “reflejos condicionados”, sino un síntoma que encubre factores de tipo emocional, como por ejemplo el sentimiento de culpa que acompaña ciertas fantasías masturbatorias inconscientes, o la angustia de micción evitada mediante la regresión a etapas anteriores del desarrollo. Desde esta perspectiva: “Ninguna teoría sobre la enuresis puede ser seriamente considerada si no toma en cuenta el material de las fantasías inconscientes del paciente. Además, ninguna «cura» de la enuresis es aceptable si los historiales clínicos no revelan que el observador ha apreciado la importancia de las sugerencias inconscientes de parte del médico” (*).
Un estudio clásico (Barker, 1973/1978) abordó este problema trabajando con una muestra de 30 niños enuréticos en un diseño comparativo con un grupo control de niños no enuréticos. Se probaron distintos métodos de tratamiento según las hipótesis de que: 1) la relación transferencial terapeuta-paciente determinaba el éxito de la intervención, y 2) ésta, a su vez era efectiva sólo si se trataban los aspectos motivacionales subyacentes.
Al final, ambas hipótesis fueron rechazadas, pues la terapia de condicionamiento resultó ser la más efectiva para producir mejoras en la efectividad urinaria sin necesidad de transferencia, y por otro lado, las evaluaciones de la adaptación emocional no mostraron empeoramiento en las etapas subsiguientes a la estrategia interventora.
¿Cuáles son los procedimientos conductuales más efectivos para tratar la enuresis?
No creo necesario entrar a profundidad en la explicación del problema, sus características y consideraciones farmacológicas, pues hay suficiente información en la red. Para muestra véase (*).
Como es conocido, el más temprano intento tecnológico postulado desde el condicionamiento clásico fue el de Mowrer, a través de su “Pipí-Stop”, un aparato provisto de un sensor eléctrico que se coloca en la cama del niño con el fin de activar un zumbador en el momento en que aquel “moja la cama”, despertándolo e interrumpiendo la secuencia del acto. Este aparato no es difícil de conseguir y se comercializa en la forma de rejillas y pilas de 12 voltios (por ejemplo a través de los distribuidores de TEA Ediciones en todo el mundo), pero es costoso y en muchos casos no cumple con el objetivo final, pues hay recaídas.
Otra posibilidad es el autocontrol de la enuresis, entrenando al niño para que fortalezca su capacidad de control vesical desde 2 hasta 45 minutos, mediante ejercicios de continencia o interrupción de la orina diseñados para el caso. Se lleva un riguroso (auto)registro de la ejecución en una hoja especial donde estén consignados los parámetros pertinentes de tiempo y frecuencia.
Hay otro procedimiento no excluyente del anterior que yo he probado con asiduidad en la terapia y me consta es efectivo además de sencillo: consiste en hacer un reglaje del momento aproximado de la noche en el cual el niño micciona en su cama, hasta establecer una línea base. Luego, durante algunos días los padres deberán despertar unos cinco minutos antes de la hora prevista al infante y llevarlo al retrete para que evacúe, reforzando positivamente su emisión. Así se rompe el circuito y se crea una cadena conductual diferente. Esto también tiene carácter de entrenamiento, con la desventaja evidente de que requiere cierto sacrificio paterno y del propio niño hasta que se produzca el condicionamiento.
Staats recomienda algo parecido que también me consta es muy efectivo: se basa en que el distendimiento de la vejiga que se produce tras algunas horas de sueño es el factor clave de la emisión involuntaria, operando como estímulo desencadenante. Por lo tanto, hay que adelantar la hora en que el niño va a la cama, y antes de que los padres se vayan a dormir deben despertarlo guiándolo hacia el retrete de la misma forma que en el procedimiento anterior. Puesto que el niño ya estuvo durmiendo debe esperarse que su vejiga ya distendida lo estimule a la micción y eso se asocie al acto de despertar.
En los tres últimos procedimientos reseñados la técnica utilizada involucra moldeamiento, pues requiere ir manejando las cosas por aproximación sucesiva y posterior desvanecimiento de estimulación suplementaria (guía de los padres, uso de registros, etc.).
Naturalmente, no todos los casos son iguales. Hay mayor o menor complejidad en el abordaje, y habrá que considerar a veces variables del contexto muy influyentes tales como acontecimientos traumáticos y relaciones familiares desajustadas, así como recursos farmacológicos complementarios... pero esa no es la regla.

Referencia citada


Barker, B. L. (1973/1978). Tratamiento de síntomas y sustitución de síntomas en la enuresis. En B. A. Ashem y E. G. Poser (Comps.). Modificación de conducta en la infancia, vol. 2 Trastornos emocionales (pp. 130-152). Barcelona: Fontanella.

sábado, 10 de enero de 2009

”NO IMPORTA EL DIAGNOSTICO, SINO EL EVALUADOR”

Uno de los hallazgos básicos de la comunicación social es que “no importa el mensaje, sino quien lo emite”. Esto parece confirmarse también en otros contextos, como es el caso de los diagnósticos clínicos de la personalidad. Hace años hicimos un experimento relacionado con eso (Montgomery, 2000, 2001), que recogía los antecedentes de tres famosas investigaciones:
1) La de Ulrich, Stachnick y Stainton (1963/1979) sobre el nivel de satisfacción de los individuos evaluados mediante test proyectivos, con el diagnóstico fraguado que les dieron (igual para todos).
2) La de Lorge (1938) sobre la conformidad o disconformidad de los sujetos de ciertas ideologías con juicios emitidos por supuestos líderes ideológicos de su misma corriente o diversa.
3) La de Hovland y Weiss (1952/1980), sobre el cambio de actitudes de las personas en base a mensajes emitidos por fuentes comunicativas de alta y baja credibilidad.
El objetivo del experimento era verificar los efectos del papel del evaluador sobre la aceptación de juicios clínicos acerca de la personalidad por parte de los propios estudiantes de psicología. Con ese fin se “evaluó” mediante una prueba proyectiva a 103 alumnos de distintos sexos con edades entre 19 y 23 años, asignados en 3 grupos en función a sus horarios de clase. El procedimiento con todos fue el mismo, lo que varió fue que a uno de los grupos (GE1) se le indicó que quien les hacía el diagnóstico era un prestigioso psicólogo clínico, experto en pruebas de tal naturaleza. A otro grupo (GE2) se le señaló que los que hacían el diagnóstico eran estudiantes de los últimos ciclos de psicología, practicantes en la especialidad. Finalmente, al 3er. grupo (GC) no se le dijo nada. A todos se les pidió que expresaran en dos escalas actitudinales su nivel de agrado y de conformidad con su diagnóstico (igual para todos sin que lo supieran).
Los resultados mostraron que en el GE1 el 17.5% de sujetos estuvo de acuerdo con el aparente diagnóstico emitido por un especialista. Si se suma esa cifra al 72.5% que no estuvo ni a favor ni en contra, se tiene un amplio 90% de esa muestra que razonablemente confía en los juicios clínicos sobre la personalidad. Por otra parte, en el GE2 sólo un 7% estuvo plenamente de acuerdo mientras que un 37% lo rechazó, constituyéndose un 56% total de aceptación cautelosa (indecisos más aceptantes). Finalmente, en el GC un 9% de acuerdo se enfrentó con un 19% de desacuerdo, habiendo 62% de indecisos. Así llegamos al 71% de razonable creencia.
De la comparación se sigue que, efectivamente, los participantes del estudio a quienes se les dijo que los analistas de su personalidad eran expertos, tendieron a valorar más los supuestos juicios clínicos que aquellos que creyeron ser evaluados por participantes. El grupo testigo mostró también un alto volumen de sujetos que no discreparon con el diagnóstico, quizá por considerar que sería el mismo administrador de las pruebas, psicólogo profesional, quien habría hecho el análisis.
En suma, funcionó el “valor de prestigio” de los etiquetadores de la personalidad más que el tenor de su mensaje etiquetador. Sin duda, las características nebulosas y ambiguas de la evaluación tradicional contribuyen a la generación de condiciones desinformativas, por lo cual una práctica más rigurosa (de análisis funcional) debería considerarse mejor.
REFERENCIAS

Lorge, R. (1936). Prestige, suggestion and attitudes. Journal of Social Psychology, 7, 386-402.
Hovland, C.I. y Weiss, W. (1952/1980). Influencia de la credibilidad de la fuente sobre la efectividad de la comunicación. En Ch. Insko y J. Schopler (Eds.). Psicología social experimental (pp. 114-129) México: Trillas.
Montgomery, W. (2000). Efectos del rol del evaluador sobre la aceptación de juicios clínicos acerca de la personalidad: Un problema de conducta social. En W. Montgomery, W. Capa y H. Montes (Eds.). Análisis de la conducta: Nuevos enfoques, aplicaciones e investigaciones (pp. 239-250). Lima: ASPPSI.
Montgomery, W. (2001). Un análisis experimental de la aceptación de juicios clínicos acerca de la personalidad. Revista de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. V(1-2), 197-208.
Ulrich, R.E. y Stachnick, Th.J. y Stainton, N. R. (1963/1979). La aceptación por parte de los estudiantes de las interpretaciones generalizadas de la personalidad. En R.E. Ulrich, Th.J. Stachnick, y J. Mabry (Eds.). El control de la conducta humana (pp. 453-456). México: Trillas.