sábado, 11 de diciembre de 2010

Divagaciones Académicas Sobre Conducta Verbal, Lenguaje y Habla

Ahora tengo tiempo para ocuparme de lo que me gusta. Después de haber releído la parte de la comedia de Moliere donde discurre sobre “el secuestro de la facultad de hablar” de la hija de Don Jerónimo (El Médico a Palos, Escena IV), y la no menos divertida disquisición de Stalin acerca del pensamiento de los sordomudos en respuesta a las inquietudes de sus camaradas (que aparece en El Marxismo y los Problemas de la Lingüística), termino donde siempre voy cada vez que me propongo “divagar académicamente”: el asunto del lenguaje.
En efecto, como lo apunté hace varios años en el prólogo de un libro mío, uno de mis primeros intereses preprofesionales tras estar practicando modificación de conducta durante cierto período con déficits infantiles relativos a la educación especial, fueron el habla y el lenguaje (de hecho mi tesis teórica versó sobre aquello); y, hoy como ayer, sigo fascinado por semejante tema.
Puesto en el caballo no queda sino empezar a trotar, y allí voy, sin saber exactamente a dónde llegar. Es el privilegio de escribir en un blog propio.

EL DESARROLLO DEL LENGUAJE

Lo primero que fluye como saliendo de un surtidor es que lo más extraordinario del lenguaje es su aparición y desarrollo en el ser humano: la posibilidad de servirse de un pequeño número de sonidos para significar vastamente, y poder referir objetos y sucesos no presentes en el tiempo y el espacio. Si uno va a ponerse en el lugar de un niño preverbal, se dará cuenta de la tarea titánica que supone para él trasladar el peso de su conducta motora y afectiva todavía incipientes al mundo lingüístico. En sus escarceos después de nacer, el bebé se halla poblado de vagas impresiones que poco a poco, a medida que crece, irá recordando —en función al gusto y al disgusto que le provocan— como algo que se repite a veces.
Esa relación entre sucesos y sensaciones de agrado o desagrado presidida por el condicionamiento respondiente, va pasando a una nueva etapa caracterizada por la capacidad que el niño adquiere para utilizar su propia conducta como un medio de autoprocurarse satisfacción (condicionamiento instrumental). Pero allí no queda el asunto: pronto aprende que no todo está a su alcance y que debe emitir conducta selectiva de acuerdo a las posibilidades que se le presentan (discriminación condicional). A todo esto, la experiencia dice que el bebé normal puede emitir palabras aisladas (o algo que se le parezca) alrededor del primer año, combinar dos o más vocablos antes de los dos años y emitir oraciones breves después de ellos. Llegado al punto clave, su aprendizaje anterior se incorpora al manejo del lenguaje como un instrumento de discriminación condicional muy compleja en el marco de un ambiente social-convencional lleno de reglas lingüísticas, y reforzamiento tanto de tipo organizado como arbitrario.

LA INTRUSIÓN PSICOLINGüÍSTICA Y OTRAS CRÍTICAS

La cuestión, si se adopta un punto de vista parsimonioso (es decir apegado a los hechos), es, en realidad, conceptualmente muy simple. Sin embargo, se embrolló de manera fantástica cuando los teóricos psicolingüístas insatisfechos con enfoques de este tipo entraron para instalar estructuras especiales ("representaciones", "dispositivos",    “sistemas de apoyo” y “esquemas”) al interior de la mente que no sólo funcionarían independientemente del lenguaje, sino que lo contextuarían al margen de la interacción con los eventos del medio ambiente. La intrusión de estos teóricos dualistas fue no sólo invasiva sino poco diplomática, dada la forma (ilustrada en multitud de textos) como reaccionaron contra el enfoque parsimonioso acerca del lenguaje ¿Quién puede olvidar las airadas diatribas o juicios sumarios de Chomsky, Bruner, Piaget o Slobin dirigidas a quienes consideran los demonios inspiradores del “empirismo” contemporáneo (los conductistas)? La acritud y desdén con que ellos se refieren, por ejemplo, a alguien (Skinner) que jamás los insultó ni mencionó en sus escritos (e incluso es coincidente en el fondo con algunos de sus asertos generales, como lo advierte Marc Richelle) parece denotar una reacción emocional muy involucrada, como si se sintieran particularmente ofendidos por la terminología y por las conclusiones no dualistas del trabajo de un científico experimental en los dominios humanos.
Con todo, es notorio que no han sido tales teóricos anticonductistas los únicos en reaccionar desfavorablemente ante las extensiones del análisis conductual operante al lenguaje. Cada cual por su lado, también Staats, Ribes y Hayes son muy críticos y proponen reconceptualizaciones del tema basadas en el condicionamiento clásico, en la conducta sustitutiva y en los marcos relacionales. No entraré en esto, que ya he tratado en otra parte (Ψ) . Sólo dejaré en claro que en el punto básico de discusión con los psicolingüístas todos los teóricos conductuales (igual que Vigotsky) coinciden en afirmar que cualquier forma de pensamiento conceptual no precede, sino que sigue a la aparición del lenguaje. Y destacados especialistas en el campo social, como Adam Schaff y George H. Mead están de acuerdo con ello.

DESÓRDENES LINGüÍSTICOS Y SU TRATAMIENTO
Regresando al desarrollo del lenguaje, el caso es que en el transcurso del aprendizaje del habla infantil pueden aparecer irregularidades. Los principales trastornos del lenguaje oral (llamados alteraciones en el campo de la neuropsicología y la patología del lenguaje) son, como se sabe, los de la voz (disfonía, afonía), de la articulación (dislalia, disglosia, disartria), de la articulación verbal (disfemia) y de la locución (mutismo, disfasia, audiomudez, afasia). En condiciones cotidianas, las anomalías del desarrollo del lenguaje implican sólo retardos y articulación indebida. ¿Cómo juzgar que, en un momento dado, el niño experimenta uno u otro problema? Se supone que un niño saludable con progresos normales en su desarrollo físico, peso, dentición, coordinación y otros aspectos (vista, audición, etc.), y en un ambiente socialmente favorable, el habla debe aparecer alrededor de los dos años con ocho meses. Por otro lado, hay algunos niños que incluso hasta los siete años no dominan la emisión de ciertos sonidos. Sólo si esto se ve acompañado de tartamudeo y/o esfuerzo evidente por tratar de emitir sílabas o palabras, debe considerarse el problema como de cuidado.
La disciplina que se encarga de tratar los trastornos más graves es la la logopedia (logos: palabra, paideia: educación). Un caso de gran relevancia en este campo es el de Hellen Keller, una mujer invidente y sordomuda de nacimiento que, gracias a la aplicación de su institutriz (la famosa Ann Sullivan), logró avances impresionantes. Más allá de las imperfecciones del enfoque operante del lenguaje, cabe manifestar que las categorías de conducta verbal definidas por Skinner en su famoso libro son, en comunión con los métodos de modificación del comportamiento, altamente útiles para el manejo de procedimientos logopédicos en el estilo discursivo. Por ejemplo, el entrenamiento conlleva el uso de tactos, ecoicas, intraverbales y textuales para aprender el habla articulada bajo el control de palabras, acciones y objetos, y su extensión instrumental para obtener cambios en el ambiente supone la correcta utilización de mandos. A su vez, las operantes autoclíticas tienen que ver con el uso gramático.
Pese a ello, y pese a que en la práctica se utilizan métodos conductuales para la pedagogía y rehabilitación de los trastornos del lenguaje, usualmente se considera en la enseñanza académica que el enfoque pragmático skinneriano de la conducta verbal es no sólo inútil, sino anacrónico, y se destaca por el contrario la perspectiva chomskiana. Es tan grande la confusión ideológica a este respecto que se prefiere utilizar como guía teórica una concepción que, además de carecer de tecnología, hace distinciones irrelevantes entre competencia y ejecución y está en completa discrepancia con lo que se hace en términos de operaciones sobre el objeto.
Nuevamente, pues, se encuentra aquí el prurito de la actitud reactiva de los dualistas hacia el no-dualismo como algo amenazador que hay que rechazar de plano, y no se percibe la contradicción de tal actitud con el quehacer concreto. Ese es el signo distintivo de toda esta historia del pensamiento lingüístico y la conducta verbal.

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